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Del
buen amor y del otro |
Se puede decir que todos los males que se tratan en la terapia comienzan con un problema amoroso; comienzan todos los problemas emocionales por una carencia amorosa en la vida de la persona. . . .. . . . . . . . . . . . . .
Uno es . . . . .. . . . Más . . .. . . . . . el . . . . .. . . . Algo . . .. . . . . . El . . .. . . .. . . Y el |
Realizó estudios de Medicina, Música y Filosofía en Chile. Fue profesor de psicología del arte y psiquiatría social. Ejerció como director del Centro de Estudios de Antropología Médica. En Estados Unidos, el Dr. Naranjo fue uno de los integrantes del Instituto Esalen, llegando a ser uno de los sucesores de Fritz Perls. (creador de la terapia Gestalt). Se le considera uno de los pioneros de la Psicología Transpersonal y un integrador de la psicoterapia y la espiritualidad. Fundador del Instituto SAT, una escuela psico-espiritual dedicada principalmente a la formación integral de psicoterapeutas en Europa y América. El programa SAT, aplicado a la educación facilita el factor amoroso en la educación del corazón priorizando el amor por encima de la práctica, la información y los contenidos. Comenzaré,
como Suzy ,celebrando la iniciativa de los organizadores en hacer un evento
sobre este tema del amor y la terapia, porque me parece que merece ser
subrayado. La terapia tiene que ver con muchas cosas, de modo que se puede
hablar de la terapia y esto o la terapia y aquello: la terapia y la
comprensión de sí mismo, la terapia y el dolor, la terapia y la
transferencia, en fin. Pero la relación del asunto amor y el asunto terapia
es más intrínseca. Se puede decir que todos los males que se tratan en la
terapia comienzan con un problema amoroso; comienzan todos los problemas
emocionales por una carencia amorosa en la vida de la persona. La naturaleza
de las neurosis, o como quiera que se llamen-- ahora que está
desapareciendo esta palabra, tan útil-- todas las perturbaciones
emocionales, digamos, consisten en perturbaciones del amor, problemas del
amor. Y la terapia tiene mucho que ver con el amor en su proceso. No es que
baste el amor-- creo que no basta-- para que haya buena terapia; pero hasta
los psicoanalistas están hoy en día bastante de acuerdo que no es el
insight el asunto más importante en la terapia psicoanalítica (que ha sido
una terapia tan esencialmente orientada al insight a través de toda
su historia), sino que la relación. Y cuando se habla de relación se
quiere decir en forma científica algo que sería poco científico llamar
“amor”; bueno, por lo menos benevolencia. Y el fin de la terapia es el
amor, porque, por lo menos pienso yo, que no estoy sólo aquí entre los
presentes en pensar que la felicidad se consigue por el amor; si la
felicidad es propia de la salud, pasa por la capacidad amorosa, pasa por el
sanar la propia capacidad amorosa. Ahora, entrando
en mi tema específico, de “El buen amor y del otro”, cualquiera que
viva en España o sea español se dará cuenta de que hay una ahí una
implicación, una referencia al Arcipreste de Hita, el “Libro del Buen
Amor”. Pero no comparto su visión de que sólo el amor a Dios sea bueno.
En aquella célebre obra se contrapone el amor a Dios con el amor carnal. Y
la proposición que vengo a hacer aquí es que ambos son buenos amores, y
que son dos partes del buen amor; que el amor no es una sola cosa. Desde un
punto de vista podemos decir que son muchísimas cosas. Así como una vez
Mendelssohn comentaba, a propósito del lenguaje musical, que no es que sea
menos exacto que el lenguaje verbal, sino que es más específico porque
cada frase musical que expresaba una alegría, expresaba una alegría algo
diferente. Así que los gestos del amor son innumerables. Podríamos decir
que hay gente que ama a través de su capacidad de aprecio, hay gente que
ama a través de su tolerancia, hay gente que ama a través de la gratitud;
son muchas las manifestaciones de la emoción que tienen que ver con el
amor, pero me parece que fundamentalmente hay tres elementos básicos en lo
que llamamos amor, tres amores fundamentales. Uno es el amor
que podríamos llamar el amor freudiano, el
Eros-- amor íntimamente vinculado con la sexualidad que para Freud fue
el amor básico.(La amistad para él era un amor erótico privado de su fin,
y la benevolencia, una transformación del eros.) Pero, resulta más fácil, menos
rebuscado, pensar que hay en la benevolencia un amor diferente del Eros,
que podemos llamar el amor cristiano. Pese a lo que digan los freudianos no
creo que cuando se habla de “amar al prójimo como a uno mismo” se
trate de amor erótico sublimado. Más natural nos parece pensar que la
generosidad y la empatía existen por derecho propio, por así decirlo; y es
ésto lo que en el cristianismo se ha designado como cáritas, o en griego ágape.
Intuitivamente sentimos que ni deriva, normalmente, la atracción sexual de
una actitud compasiva, ni deriva la compasión de la sexualidad; debemos,
por lo tanto hablar de eros y
ágape,
o de amor y cáritas. Pero también
hay un tercer amor, que me parece tan diferente de estos dos como ellos
entre sí, y que merece ser reconocido como relativamente autónomo: el amor
que está implicado en la amistad, y que para continuar acudiendo al griego,
podríamos llamar filia.
palabra a la que recurre Platón para algo muy diferente de lo que hoy en día
llamamos amor platónico”—que es una manifestación sublimada del
impulso erótico. Se trata de un amor que bien podríamos llamar “Socrático”,
pues aunque Sócrates use la palabra eros
en referencia al amor a lo ideal-- a lo bello, a lo grande, a lo bueno y demás
cosas que valen por sí mismas--éste amor a los ideales o a las ideas es sólo
por analogía parangonable con la atracción amorosa entre los sexos. El
amor a la justicia y el amor a lo divino, me parece, no sólo difieren del eros en
su objeto, sino en su naturaleza misma y calidad subjetiva: en tanto que lo
erótico es apetitivo, este tercer amor que subyace a relaciones que no son
ni eróticas ni de ayuda o protección sino de amistad “desinteresada”
es valorativo. Podríamos llamarlo amor-adoración; pero en el ámbito de
los sentimientos más comunes su manifestación típica es el aprecio. Se
relacionan, entonces, los tres amores con el deseo, con la bondad (que
culmina en la compasión) y con el aprecio—que se ve exaltado en la
admiración y culmina en la adoración. Podemos hablar
en un amplio sentido del eros como un amor-goce: un amor que goza del otro,
que se complace en la belleza del otro, y yendo más allá de una definición
estrictamente ligada a la sexualidad incluiríamos lo que el budismo llama mudita,
que es un alegrarse de la alegría ajena, que es muy diferente de la
benevolencia compasiva, que no quiere el sufrimiento ajeno. (uno tiene más
que ver con el eros
y el otro con el ágape). Pudiera
pensarse que es la bondad la más humana de las manifestaciones del amor,
pero no sería exacto. Aunque es humana la generalización mayor o menor de
la benevolencia, en sus orígenes el amor-bondad está íntimamente unido al
amor maternal, siendo una extensión natural de lo siente la madre por las
crías, (y hablo de “crías” más bien que de hijos para aludir a algo
no es propio solamente del hombre, sino de todos los mamíferos). ¿Es acaso más
humano el amor a los ideales que la bondad misma, entonces? Decimos de una
persona bondadosa a veces que es muy “humana” porque hemos llegado a
hablar de “humanidad” para significar precisamente el amor benevolente,
y en cambio asociamos el amor-adoración con el fanatismo y muchos actos
“inhumanos”. Por el momento me limito a señalar que el amor valorizante
no deja de tener antecedentes o raíces biológicas, pues en sus comienzos
este amor a lo grande (que contrasta con el amor maternal a lo pequeño) es
muy propio de lo que se siente de niño hacia el padre. Si la madre es
la que nos da lo que necesitamos, satisfaciendo nuestros deseos, el padre es
aquel al cual ella está mirando, aquel a quien la madre valoriza. La madre,
que nos da todo, es fuente original de los valores, pero también modelo
original respecto a lo que ha de ser valorizado—y así es que ocurre como
si la madre implícitamente delegase en el padre el orden de los valores,
simplemente porque el niño percibe que ella lo ama. Algo tiene que
ver el ágape, entonces, con el amor de madre, y algo tiene que ver con el
amor a los ideales o filía con el amor de padre. Y digo que éste tiene una
raíz biológica no sólo porque deriva de una situación arcaica o proto-psicológica
en nuestra vida individual, sino porque la valoración se relaciona
estrechamente con la imitación, que no sólo está al origen de que seamos
animales culturales, sino que es mucho más arcaica que la cultura y el
lenguaje. Piénsese en cómo los pollitos siguen al primer objeto que se
mueve en su entorno-- que puede ser la gallina pero puede también ser (
como investigaciones sobre este fenómeno de “imprinting” han
demostrado) una caja de zapatos. Como Lorenz observó decenios atrás en sus
experimentos con patos, quedan para toda la vida ligados al objeto en cuestión,
que bien puede ser tan arbitrario como un reloj despertador. Aunque los
humanos somos inmensamente más complejos que los patos y las gallinas, de
modo que sólo podemos hablar de imprinting en nuestro caso en un sentido
metafórico, también nosotros tenemos una disposición innata a
“seguir” a un modelo, y en nuestra vida adulta es claro que nos dejamos
guiar por aquellos a quienes admiramos ¿No conocemos todos la experiencia
de cómo, cuando uno estima a alguien se le pega su manera de hablar?
Y seguramente recordaremos cómo, cuando niños, admiramos al héroe de una
película y luego, salimos del cine caminando con su estilo. La imitación
es una propensión biológica que nos hace humanos, e imitando los sonidos
emitidos por nuestros padres aprendemos a hablar. Y no sólo imitamos
características individuales de nuestros padres: uno imita aquello que es
generalmente admirado, y es precisamente a través de ello que se transmite
la cultura. Últimamente ha
surgido una nueva ciencia, cuyo nombre aún no he escuchado en
castellano—supongo que será memética,
por analogía con la genética--en la que se adopta el punto de vista de que
la gallina sea el medio de perpetuación de los huevos, y nosotros, medios
de transmisión de los genes. Este punto de vista, propuesto por
Dawkins en la biología, ha inspirado un pensamiento análogo respecto a los
memes, que son entidades culturales, como el lenguaje. Se propone, entonces,
que las cosas ocurren como si las ideas nos utilizaran a los humanos para
perpetuarse, y se transmiten a través de nuestra capacidad reproductora. Es
una idea que esta tomando mucho cuerpo, y ya se han escrito varios libros
sobre la capacidad imitativa humana que hace posible esta supervivencia de
los pensamientos y es tan inseparable de lo que somos. No sólo por que sea
humana la imitación, sino porque la imitación subyace a lo que
consideramos nuestra humanidad: bien se sabe que a las personas
criadas entre salvajes o animales no sólo es el lenguaje lo que les falta,
o la “cultura” en el sentido frecuente de algo extrínseco a la propia
naturaleza, sino aspectos intrínsecos a lo que consideramos que es un ser
humano. Pero cierro aquí
mi digresión, para completar un pensamiento interrumpido: que hay un amor
que tiene que ver con la madre, un amor que tiene que ver con el padre y un
amor que tiene que ver con el hijo. Pues el amor-deseo es el más característico
del hijo en la tríada original. El amor que se complace en la satisfacción
de los deseos propios es uno que nos acompaña desde que nacimos, y podríamos
decir que es el niño o niña interior en nosotros quien que persigue la
satisfacción de su necesidad y busca su libertad. Así como un célebre
catalán-- Raimundo Paniker-- relaciona las tres personas de la Trinidad con
las personas de la gramática-- el Yo, el Tu y el Él,
otro tanto podemos decir de los tres amores. El amor deseo es un amor
que se focaliza en el yo. El amor de madre se dirige al Tu. El amor
‘transpersonal’-- amor a lo ideal o amor a lo divino-- dice relación
con el Él. Y claramente el amor-bondad, de carácter materno, que
compartimos con los mamíferos ( aunque no seamos todos tan buenos y
generosos) es más emocional. Y a veces se dice que es demasiado intelectual
el amor valorizante. Si uno se une a una mujer porque la considera una
persona excelente, por ejemplo, alguien podrá decirle “yo creo que ese
amor que le tienes es demasiado intelectual”, sintiendo que le falta corazón.
El amor erótico, por otra parte, es más instintivo. Parece,
entonces, que tuvieran que ver con nuestros tres cerebros estos tres amores.
El cerebro instintivo con el Eros;
el
cerebro emocional o cerebro medio (que es el cerebro mamífero) con el ágape,
y el cerebro propiamente humano o neocórtex con el amor valorizante, que
mira al cielo (a diferencia del amor instintivo que mira la tierra, o el
amor materno que mira a la cría). Ya les he
explicado cómo entiendo los ingredientes del buen amor. Pero veamos ahora
en que consiste el mal amor. Tal vez pueda decirse que en último término todo es amor, de modo que podemos decir que sólo existen el buen amor y sus desviaciones, sus perversiones. Yo, por lo menos, siento profundamente la verdad de esa línea final de la Divina Comedia que nos habla de “el amor que mueve el sol y las demás estrellas”: tiene sentido concebir al amor como la fuerza central no sólo de lo humano, sino de la Creación Universal. Cuando un periodista le preguntó a Einstein acerca de la incógnita más importante de la ciencia, contestó: “acaso el Universo sea bueno”; es decir: acaso haya o no haya una intención benévola tras la creación. Pero por lo general los científicos se han conformado con preguntar menos, y nuestra concepción actual de la ciencia se caracteriza por la exclusión de la pregunta acerca del porqué de las cosas-- el aspecto teleológico al que se refería la pregunta por la “causa final” de los antiguos. Así, el concepto del amor universal distingue la percepción meramente científica de la percepción estética o poética, o metafísica o religiosa-- en fin, aquella que involucra el ‘otro lado de la mente’. Pero no es preciso que nos remontemos a la idea de un posible amor cósmico para preguntarnos acerca de los males del amor, que conocemos de primera mano. Hay en primer lugar los obstáculos del amor. Así, es obvio que el amor compasivo no es muy compatible con el odio. La rabia le cierra a uno el corazón. Y el miedo es antagónico respecto al amor erótico. Si alguien ha sido amenazado o castigado por sus deseos ( y sabemos desde Freud cuán frecuentes son las fantasías de castración resultantes) termina no atreviéndose al placer. Tampoco se aviene la valoración del otro con la envidia, o con la competencia. Pero en general todas las pasiones interfieren con todos los amores. Todas las necesidades neuróticas interfieren con el amor. Hay además falsos amores; hay las falsificaciones del amor. Así,
la compasión pudiera caracterizarse como una energía muy alta, uno de los
más altos valores (y cuando dice San Juan “Dios es amor” seguramente se
refería al amor compasivo, al amor benévolo), pero la mayor parte de lo
que se llama bondad en el mundo humano es super-egóico—es decir resultado
de mandatos internalizados de la cultura que dicen “debes ser bueno”
implican una compasión obligatoria y una amenaza: “debes...y si no, te
vas al infierno”. Y cada uno se condena a sí mismo implícitamente por no
ser suficientemente bueno, y se manda efectivamente al infierno en vida. No
es muy amorosa esta actitud, y lo que se llama compasión pocas veces pasa
de ser resultado de la buena educación y del fingimiento. Y el amor erótico
también se falsifica. Así como existe un amor instintivo sano y verdadero,
que es profundamente satisfactorio, hay un falso amor erótico que es como
una moneda de cambio para conseguir amor, una forma de seducción en la que
la sexualidad se pone al servicio de una sed de protección, inclusión o
compañia. No es el instinto sexual el que impulsa a la persona en tales
casos sino sus necesidades neuróticas, así como la de rehuir la soledad o
la insignificancia—sólo que estas necesidades se disfrazan tras la máscara
del eros. ¿Y no se
falsifica el amor-respeto de forma semejante a como se falsifica la
benevolencia? El mandamiento mosaico “honrarás a tus padres” se basa de
la comprensión de que una persona sana siente un sano aprecio hacia
aquellos que fueron los primeros “dioses” en su vida. Durante nuestra
primera infancia seguramente nuestros padres, que eran la muestra de lo que
es un ser adulto, nos parecían tan gigantescos como de adultos nos parece
lo divino o sobrenatural, y aunque lo hemos olvidado ¿no es
significativo que nuestra vivencia de lo divino a través de la historia se
haya formulado principalmente a través de las imágenes de nuestros
progenitores? Por más que no pueda desconocerse que algunas veces los
padres que a uno le tocan sean personas emocionalmente enfermas y por ello pésimamente
dotados para su función, creo que encierra una gran verdad la observación
del pitagórico Jámbico (reiterada por Gurdjieff) de que un buen hombre
ama a sus padres. Pese a la
verdad que encierra el cuarto mandamiento, sin embargo, ocurre que, tras
tantos siglos de autoritarismo, el imperativo de amar a los padres nos
infantiliza. No es un amor verdadero el que inspira el mandato social y
familiar, sino amor servil; y más generalmente, se le rinde homenaje a
muchas cosas-- tanto ideales como personas-- como parte de un gesto
obediente. Creo que no
necesito demostrar o explicar el hecho comprobable a través de la
experiencia de todos de que, por supuesto, los falsos amores también
constituyen interferencias en el amor verdadero. Entrañan una malversación
de la energía psíquica comparable a lo que ocurre con la nutrición y la
energía biológica en un organismo que alimenta un parásito. Y el que
“ama” sólo a costa de permanecer ciego a su autoengaño perpetúa su
propia mentira y su inconciencia—que son obstáculos de la vida auténtica
y también del amor. Por lo contrario, cuando la persona empieza a conocerse
a través de un proceso terapéutico o espiritual, tarde o temprano descubre
que no ama de verdad, y sólo a partir del descubrimiento de su falsificación
y de su vacío empieza a descubrir el amor verdadero. Pero tiene que ser muy
virtuosa una persona para darse cuenta de que no ama, pues tanto de
nuestro bienestar deriva de sentirnos amorosos y es tanto lo que se ha
invertido en la imagen de persona buena. Es muy difícil, aún heroico
despojarse de esa ilusión para luego saltar al abismo por el que
misteriosamente se llega a la vida verdadera y sus valores. Y hay amores
eminentemente parasíticos: amores que son carencias disfrazadas tras la máscara
del amor. Esencialmente son maneras de llenar el propio vacío, maneras de
compensar las propias carencias con el amor ajeno. Y me parece que estos
amores parasíticos también son de tres clases, según el tipo de amor al
que se orienta su sed. Seguramente
todos conocemos a personas que sufren y se pierden en una búsqueda
exagerada del amor a través de las relaciones sentimentales o de la
sexualidad, que tan estrechamente ligada está al sentirse aceptado y
valorado. Aún cuando lo que se busca a veces parece ser más el placer que
el amor, creo que ello puede ser una ilusión que oculta una búsqueda no
reconocida de amor a través del sexo. Otras personas
(que han sido más dependientes de sus madres, por lo general) buscan
protección. Porque les faltó cuidado andan por la vida como huerfanitos o
como desvalidos, buscando el cuidado que faltó e intentando inspirar
compasión. Y hay
personas que buscan sobre todo el respeto; personas que no buscan tanto
“amor” en el sentido más común de la palabra, sino el reconocimiento o
la admiración—por lo que dedican gran parte de su vida y energías a ser
importantes Es ésto lo que llamamos el “narcisismo” comúnmente—la
pasión por que a uno lo quieran de ésta manera particular: que lo
consideren importante, grande, superior. Y claro,
mientras mayor el amor parasítico (es decir: cuanto más la energía de la
persona está dedicada a su aparato de buscar amor), mientras más ocupada
está en conseguir amor, menos lo encuentra. Es como estar
empujando una puerta que se abre solamente desde dentro. (Muchas veces he
citado esta metáfora de Kierkegaard, que en alguno de sus libros observa
que la puerta del paraíso solo se abre desde dentro). Por eso hay que
llegar a apaciguar las pasiones, aprender a no empujar tanto, desarrollar
una verdadera receptividad respecto a lo que hay. Bueno, ya les
he expuesto mis consideraciones acerca de los malos amores, y les he hablado
antes sobre los ingredientes del buen amor, y si terminara aquí mi exposición
no me extrañaría dejarlos con la impresión de que no he dicho nada nuevo.
Pues si bien pudiera tal vez pretender cierta novedad mi actitud inclusiva y
la forma como he ordenado las ideas, no me parece que haya nada de nuevo en
el repertorio de buenos y malos amores que les he presentado. Pero aún no
he terminado, y me parece que la idea más novedosa que puedo aportar
respecto al amor ( y que es lo que me gustaría examinar más y en la
práctica, ya en forma de taller), es la de que la salud y también la
plenitud de la vida amorosa diga relación con el equilibrio entre nuestros
tres amores. Lo que implica que talvez podamos avanzar hacia una manera de
amar más completa a través de un análisis de la propia “fórmula
amorosa”. Todos tenemos
una determinada fórmula. Algunos tienen mucho amor erótico, y poca compasión;
algunos tienen mucho amor a lo divino-- amor devocional-- y poco amor erótico.
Y me parece que el así llamado mandamiento cristiano (que no es en realidad
sólo cristiano, porque está ya en el Deuteronomio y en el espíritu de la
tradición judía antigua) apunta a justamente a la armonización de amores
diferentes. Recordarán
seguramente los presentes esas famosas palabras de Cristo a efecto de que
toda la ley Moisés puede resumirse en: “ama al prójimo como a tí mismo
y a Dios sobre toda las cosas”, pero tal vez no hayan reparado en que las
tres directivas que implican implican a su vez los tres buenos amores de los
que les he hablado. Pues el amor al prójimo es benévolo, en tanto que el
amor a sí mismo ( que es un amor a los propios deseos) en cuanto amor a
nuestra criatura interna, es también amor hacia nuestro animalito interior,
deseo de felicidad dirigido hacia nuestro ser instintivo. El amor a Dios,
por otra parte, es obviamente un amor apreciativo, que justamente encuentra
en lo sagrado su expresión suprema, como amor-adoración. Pienso que esta
idea de examinar el equilibrio entre nuestros tres amores—o tal vez su
desequilibrio, pueda ser fecunda. Y que seguramente al emprender tal análisis
nos daremos cuenta de que cuando alguno de nuestros amores falta o se
ve subdesarrollado, lo tratamos de compensar a través de una búsqueda
imposible. Así, uno puede estar amando a Dios desesperadamente para
compensar su dificultad en amar a las personas de carne y hueso; o está uno
buscando desesperadamente la plenitud a través del amor romántico cuando
lo que le faltaría es abrirse más a la devoción, a sentimientos estéticos
o a lo gratuito de los valores transpersonales. Ya los invitaré a
cuestionar tales desequilibrios e intentos compensatorios que sólo perpetúan
una situación insatisfactoria, así como a preguntarse qué se puede hacer
para nivelar los tres ingredientes de la vida amorosa. Sólo falta que
les explique que tampoco esta última idea que les he expuesto es mía, pues
la he adoptado de un compatriota, el poeta y escultor chileno Totila Albert
, del cual alguno ya me habrá oído hablar y acerca de cuya visión de la
historia he escrito en “La agonía del patriarcado” . Allí he expuesto
también su visión de lo que el llamaba el “Tres Veces Nuestro”, un
mundo posible formado por seres que han alcanzado ese equilibrio
interiormente interior entre sus partes “padre”, “madre” e
“hijo”, que comprendía como la esencia de la salud y la completud. En
uno en cuyo corazón se abrazan el padre la madre y el hijo con sus
respectivos amores, naturalmente no habrá ni la tiranía del intelecto, ni
la anarquía de la impulsividad ni el emocionalismo desequilibrado—y creo
que tenía razón al pensar que sólo a través de una transformación
individual masiva podremos aspirar a una alternativa a la sociedad
patriarcal y sus vicios arcaicos. Con esta idea los dejo, pues: la idea de que el verdadero buen amor consista no sólo de buenos ingredientes, sino de una fórmula equilibrada. Naturalmente, todas las fórmulas del amor están relacionadas íntimamente con el carácter, ( que a su vez está ligado a un cierto déficit), pero aparte recurrir al potencial transformador del conocimiento de nuestra personalidad pienso que podemos atender a cómo estamos desnivelados en la expresión de nuestro potencial amoroso y buscar una manera de reeducarnos, buscando las experiencias, influencias y tareas que puedan equilibrarnos. |
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Conferencia de apertura de las
JORNADAS
DEL AMOR EN LA TERAPIA |
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