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El
fragmento que transcribimos pertenece al prólogo de Claudio Naranjo,
quien nos ofrece las propias palabras de Borja, grabadas durante algunas
entrevistas que mantuvo con él a poco de salir de la cárcel, y apenas
seis meses antes de morir de sida. Mas allá de lo verdaderamente
trasgresor y atemorizante que hemos sabido percibir durante su vida,
ahora, que el ciclo se cierra y devela su sentido, nos muestra lo que
siempre tuvo: su reverso de santidad.
"Fui invitado
por la subdirectora a
que le ayudara a trabajar con los enfermos psiquiátricos ya
que ella tiene mucho contacto con la medicina, ella es abogado pero
tiene una relación muy
estrecha con los enfermos. Me invitó, y dijo que iba a ser muy difícil.
Era un edificio abandonado
con 72 psicóticos, desnudos, con infecciones en el cuerpo, no tenían
tratamiento psiquiátrico,
y los pocos medicamentos que tenían los vendían a los otros presos
(lo que me parecía muy sano,
que no se tomaran esas porquerías). Y
andaban perambulando por todo el penal desnudos, la población los
violaba, los usaba, los ponía
a lavar la ropa, no tenían protección de los custodios; los médicos
no iban, el área de psicología
tenía miedo, y ese edificio era el que tenía más alto índice de
violencia, de
suicidios y muertes, En cada celda, que es para una persona, vivían
cuatro. No
había agua. Todo el edificio estaba pintado con excremento. Entonces,
cuando yo vi eso, dije:
¡Madre María purísima! ¿Qué es esto? Era
un manicomio del siglo XVI, lo único que no se aplicaba ahí era los
electro-shocks, porque
no había. Cuando
llegué no había vidrios, era un cosa horrorosa. Cuando vi como
estaba, eso me senté en
la puerta en una situación de desconcierto. Y
¿Qué voy a hacer yo aquí? ¿Qué se hace? Y me senté un mes en la
puerta, y dije: no
entro hasta que se me quite el miedo. A trabajar el miedo. Y un mes me
tarde. Cuando
entré, yo tenía, al principio, mucho miedo de que me asesinaran. Los
locos no tienen ese
tipo de inhibiciones. Desde que empecé a trabajar allí, no conocía a
nadie, no sabía sus nombres. Pensé: lo único que puedo
hacer y no sé si es psicoterapia, es bañarlos, pelarlos. Mandé comprar una maquina
para cortar el pelo. La primera cosa para cualquier ser humano, es limpiarlo; rompí las
navajas al cortarles el pelo, no sé qué tenían. Mandé traer una para
perro, y esa funcionó.
Quería quitarles los piojos. Los
locos estaban locos y pelados parecían más locos, declarados, de
manicomio. Después,
vestirlos, bañarlos, cortarles las uñas de los pies, de las manos, y
empezar a promocionar
ropitas para ellos-calzoncillos, zapatos ... Era
muy apoyado por la licenciada. Esta señora me apoyó muchísimo. El
trabajo comenzó a crecer y
yo no podía con tanta gente. Se me ocurrió un equipo de apoyo. Era muy
bonito pensar que me iban
a apoyar pero no se me apareció ninguno. Pensé que la patología
canalizada se podría tornar
pedagogía. Aquí fue donde más usé el eneagrama. El rasgo, teniendo
un buen empleo, iba
a producir, y así lo hice. A cada rasgo iba condicionando actividades.
Los emocionales en
unas actividades artísticas, expresión corporal, música, baile,
teatro, creatividad, poesía; los
intelectuales eran los maestros de la escuela, de disciplina de gimnasia, de tai-chi.
Los
que entrenaban eran de la población general para ayudara los
psicóticos. Tenía un equipo de
18 de ellos. A diario tenían clase. Les llamé "los
maestros". Empezaron a dar clases académicas.
Era un programa de 14 horas
al día muy intenso. Después fuimos creciendo y empezamos una hortaliza, que era parte
de lo que comían. Ellos mismos sembraban, cosechaban. Después
hicimos una granja de gallinas, de patos. Luego tuve animales como
coterapeutas, eran
mis perros, una media docena de gatos y otros. Era muy interesante como
los gatos y los
perros por sí solos iban acercándose a un psicótico determinado y se
adoptaban mutuamente, tanto
el gato o el perro como el psicótico. Y yo veía cosas impresionantes
en muchos de ellos. Me
acuerdo de uno que era catatónico, con una violencia impresionante, nos
pegó a todos; llegaba
a fracturarnos. Lo curó un gato. A1 principio el psicótico sacaba a
patadas al pobre gato,
y después se fue metiendo, metiendo, y el gato pasó a ser su hijo.
Lo socializó, se encariño
de el, y desapareció la violencia. ¡Impresionante! Después yo tenía
un perro. Eran el gato y el
perro. E hicieron milagros el gatito y el perrito. Mucho más que
el psiquiatra y yo. Ese
psicótico pasa de antisocial y totalmente catatónico al ser el jefe
de ventas de ciertos
productos el día de visita, y se manejaba muy bien. El jefe de
custodios tenía
miedo de que el golpeara a alguien allí, Y yo creía que no, el peligro
eran los otros, los
normales, y era cierto. Cada sábado había golpes. Unos vendían una
cosa, otros hacían otra, Claro,
pedía ropa entre los amigos pero la gran mayoría de los locos ya se
compraba muchas cosas,
zapatos, etc. Era una comunidad, funcionaba como tal, ellos mismos ya se
cuidaban. Cuando
llegaba la comida, nadie entraba a darles la comida. A1 comienzo el loco
más fuerte se llevaba
la mejor carne, no había mucho. Todo
eso se fue trabajando hasta que ellos tenían que hacer un rol de
servir, de recoger. Muy
bonito, muy buen avance. Teníamos taller de reparación de ropa,
algunos cosían, otros ayudaban.
Teníamos el departamento de secretarios que escribían a maquina. Era
muy bonito. Lo
que a mi más me importaba, eran dos cosas: la primera, poder integrar
mis enfermos a la población
general. Eso era algo que me parecía imposible porque iban a estar
afuera, y habría las
violaciones, etc., y por otra parte había los enemigos hacia mí, las
envidias, las diferencias
que se veían con los más enfermos. No pasó ni lo uno ni lo otro. Los internos, la
población de presos me fue teniendo cariño, respeto; yo
era "Doc".
C.N.: "Yo veía, cuando venía a
verte que al mencionarse tu nombre los guardias ponían cara
de mucho respeto".
Borja: "Ellos sabían perfectamente
que les quité de encima un trabajo que ninguno de ellos quería: ser
custodio de los locos. Era un área con muchos conflictos. Tardaron
mucho, el área de
psicología, la social, y el psiquiatra, en estar en su clínica, en estar
en la comunidad, ver
que allí era su trabajo. Yo los invitaba, pero el psiquiatra tenía una
actitud de menosprecio
hacia mí, por ser "delincuente". ¿Cómo
iba yo a enseñarle a él? Y le dije: Yo no quiero enseñar a nadie,
simplemente quiero mostrarte
lo que hago. Y la psicóloga igual. Pero tenían miedo; terror de estar
allí. El
estaba asustadísimo, no entendía qué hacía yo, pero veía que
funcionaba. Eso es lo primero que
me dijo. Lo segundo es que nunca, en todos los hospitales
psiquiátricos, privados, caros o no
caros, estaba así de funcional y de bonito, con un jardín
hermosísimo, y locos meditando. Los
profesionales no sabían ni lo que era la meditación. Entonces el
psiquiatra se fue metiendo;
estaba entre asustado y curioso. Claro, cuando empecé a trabajar allí,
ponía cara de
idiota. ¡Yo trabajando bioenergética! Se asustaba, no entendía nada.
¡Tanto odio que se expresa!
No le decía nada. Y así fuimos, hasta que me dijo:¿Me puedes
enseñar? Y yo
le dije: "No". El replicó, "Pero yo veo que sabes muchas
cosas" Entonces empecé a prestarle
libros tuyos. El decía: No entiendo nada. Yo: es qué esas cosas no
entran por allí. El:
entonces ¿por dónde entran? Yo: por el culo, hay que mojarse el culo.
El: que hago. Yo: la única
forma de yo enseñarte es que seas mi paciente, un garrotazo al ego. Y le
dije: te voy a dar clases. Durante dos meses llegaba a las cuatro de la
tarde a sentarse con su cuaderno, y yo nunca le dije nada. Lo que
hacíamos era tomar café y coca-cola; esas eran las clases. Me hace
gracia que él todavía no les tenía cariño a mis locos, y eran
también los locos de él nada más que a él
le pagaban y a mí no. Miedo. La distancia profesional del psiquiatra:
¿Cómo se iba a relacionar
con un loco?. Todos
esos prejuicios horrorosos. Y así fuimos. El hacía terapias de grupos,
después lo mandé
a más entrenamiento fuera, y los logros son buenos,
"sorprendentes".
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